La ropa tendida secándose

en la paz del aire,

los mediodías palpitantes,

el esplendor de los naranjos,

un reverbero de flores,

los árboles consagrados a la lluvia,

aquellas piedritas que hacen círculos

cayendo en el agua del estanque,

“hay un ilimitado paraíso

en el cuadro de mi ventana”

–lo intenso de esta vida, algo que brilla–,

brilla, brilla, brilla,

en la lenta rutina de los días.