Nubarrones de caoba me recuerdan

el lánguido rostro de la soledad.

Hay un ilimitado paraíso

en el cuadro de mi ventana,

y ya imagino que los vaporosos retales

de tu alma se alojarán allí.

Pero como el espectador que anhela

un horizonte esculpido de lapislázuli,

continuaré mirando tu opalizada cara

mientras se vea reflejada en el cristal.

Fdo. Tu hermano, Edmond de Goncourt