Te escribo mirando al cielo oscurecido

como presagio de un delito

de la nostalgia de tu mano.

Hay un ilimitado paraíso

en el cuadro de mi ventana,

yo quisiera darle un alma

que fuera la tuya,

y así  nunca ser olvido.

Dicen las palabras de mi pensamiento

que las dibuje en este instante de duelo,

y yo, que quiero vivir, escribo

-no estás pero te quedas, asiento-,

no quiero ser la leña que se echa al fuego

ni la sal sobre la herida.