Es la hora del rito de las sombras.

Hay un ilimitado paraíso

en el cuadro de mi ventana;

sangrante aún el crepúsculo de la tarde,

la claridad se rinde a las primeras caricias de la noche.

Una fúlgida tilde acentúa el misterio de lo desconocido.

La noche maga se lo ha tragado todo.

Apenas hace unos minutos,

las cárdenas nubes 

parecían frondosas copas de árboles selváticos.

Desde mi ventana he podido ver

minúsculos incendios y un gran canal de lava.

Nada queda ahora de aquel camino ancho que atravesaba el parque,

sólo este paisaje ilusorio de la luz ante mis ojos.