Y mi encuentro un reloj epígono, 

distraído a su propia merced, 

perdió las cuentas, encontró fulgor. 

 

¡Qué fácil has venido 

a mi voz, y en qué instante! 

 

Me permitiré idolatrar 

tu cáustico ritual de apareamiento

abriéndome a los abrazos 

que te abren a ti. 

 

La paciencia pues, me claudicará como bandera

y alzará mi nombre victorioso

en otra derrota más 

donde dos corazones desorientados 

                                                            hacen el amor.