Temiendo una celada, el verso, inquieto,
apresuró sus pasos, cual gacela,
hacia libros de Camilo José Cela,
y poemas de José García Nieto.

Era tan importante su secreto
que el pliegue de una rima sin escuela
lo ocultaba, cosido a una novela,
de un robo con asalto, analfabeto.

Dijo a la inspiración: “Ven, pues te amo.
Sé que de amor me lleno dulcemente
y en voz a borbotones me derramo”.

Y entonces vio cruzar, serenamente,
a una musa hecha novia y con un ramo
de calas florecidas en la fuente.