Las hojas, a merced de la voz otoñal,
giran en la paleta de colores
mitigando el verde ardiente
en ráfagas de queja:
«Sé que de amor me lleno dulcemente
y en voz a borbotones me derramo».
Y a borbotones cambian
su verde dulce en aceitunado,
hasta sombrear un amarillo limonero
o golpear las naranjas a cobrizas.
Y en tanto jaspeado amoroso y desabrido,
todas desaparecen en un crac de otoño.