Una bruma se adueña de tu alma,
fatigada por el peso del ayer,
y amenaza en ti su undívago poder
que a la vida trae la injuriosa calma.

De tus manos marchitas crecen ramas
que riega con perlas quien no ve llover
y, aunque las hojas parecen verdecer,
se deseca la raíz de las gramas.

Los ojos ya no siguen albergando
la historia que ahora están añorando
con lágrimas que lloran lo perdido.

Por más que la mente sigue luchando,
las cosas que ahora sigues recordando
flotan sobre las aguas del olvido.