Un juego de colores para el nombre, la luz hilando tus paseos.
Todo el instante que contiene un museo de vocales en la rima,
las estrellas azules y la prisa transpirando en la sed de la tarde,
como una carta vieja. Desorientado en tu alegría
cuando el calor de la ausencia permanece en el aire,
todo es color, y ríes. Ahí está la vida.
Permaneces como una tormenta, decidida y real
que promete la lluvia y no sabe mentir, ni en tu lengua ni en la mía.

Las cosas que ahora sigues recordando
flotan sobre las aguas del olvido.

Ya no hace falta hablar. Oigo que llueve, por la espalda de un sol
que se hace nuevo. Ya sé vivir, no espero nada a cambio.
Me has dado todo, hasta el árbol sagrado de grandes capitales
y la lenta claridad de los molinos.