Yo no fui hasta el centro del ser para cantar, ni la canción ni la muerte.
No necesito el verbo, porque soy una llama ardiendo en el pliegue de la palabra,
soy la llama que ilumina a quien robó la gota de rocío en el parque.
La estación, el tren, el sol, los techos,
las cosas que ahora sigues recordando flotan sobre las aguas del olvido.
Todo ese blues no es más que un polvo tenaz en la memoria.
Ay de ti, los pies que danzan en la espesura de la noche sola.
Ay de mi, cayendo por el filo del sueño entre un sinfín de diademas doradas.
Ay del amigo, que vuelve a la casa con la alforja del pan de centeno.
Quizás porque nunca hemos estado en el territorio yermo de la espera,
comenzamos a nacer en el otoño, al oír los violines de la música en los templos.