Ajado, marchito, inerte
en el asiento de un parque
aguardo a Lucía.
Y “sé que de amor me lleno dulcemente,
y en voz a borbotones me derramo”.
Sabedor consciente que,
desde ese plano
en tiempo alguno,
jamás la podré rozar.
Amada mía, entraña mía
retén con pujanza mi mano,
encadena mi alma a la tuya, y
alumbra mi vuelo hacia ti.

Nieves Navarro Franco