Al abrir la puerta, me encuentro a la nada
sonriendo como una vieja amiga a quien ya no recuerdo.
Trata de abrazarme; contengo el aliento;
todas las olas del mar se adentran en mi cuerpo.
Cierro la puerta; ella camina descalza,
despacio, silente, serena.
Se posa a mi lado y susurran en su lenguaje de céfiro:
“Las cosas que ahora sigues recordando
flotan sobre las aguas del olvido”.
Enmudecido, me difuminé en una cristalina bruma.
Vislumbro una puerta que se abre; paso el umbral;
encuentro a un viejo conocido a quien intento abrazar,
pero lo noto perturbado, desahuciado, sin aliento,
como si tuviera al impetuoso mar desgarrando sus adentros.