«Sé que de amor me lleno dulcemente,
y en voz a borbotones me derramo»
como un cántaro repleto
sobre el que nadie posó sus labios
para calmar la sed, animal, de otra carne
mientras huía, huérfana de caricias,
hacia los brazos de alguien capaz
de sosegar la soledad que me habita,
y hacerme sentir la ilusión breve de ser
dueña de mi propia extranjería
en una pupila ajena que me devuelva
la luz que un día creí perdida.