En la infancia, macerada con fuego lento
de las cosas que ahora sigues recordando
flotan sobre las aguas del olvido aquellos tiempos
en los que hablar con Dios era cotidiano,

en los que silbabas sobre la hierba de primavera
las caricias que habitaban el espacio de mi cuerpo
y que ahora, me torturan con millones de estrellas.

Por cada una de esas mil heridas,
por cada una de esas lágrimas,
por cada una de las sangres rendidas

floto contra el tiempo, escindido,
y sueño que la luz que tengo clavada
me sorprenderá perdido o escondido.