Un cuerpo ajeno me habita,
resbala del vértice al centro.
Mi piel tierra árida y pasiva
donde bajan a comer los leones.
Tus manos ya hambrientas de tacto.
Cómo decirte que pares si tengo en
mi cabeza la hiel y el polvo,
una espina en la parte baja del estómago.
Las cosas que ahora sigues recordando
flotan sobre las aguas del olvido,
un olvido que deja de ser olvido
cuando este acto pierde su nombre.