Caían las horas marchitas del árbol del tiempo
sobre el sepulcro de mis días.
Mi horizonte era tu noche conmigo,
el tuyo, aún estaba por pintar.

Fuimos un reflejo fugaz del paisaje del porvenir,
el acierto de un fracaso feliz y cautivo
latiendo en los abismos de nuestra rutina.

Las cosas que ahora sigues recordando
flotan sobre las aguas del olvido,
al igual que el sueño del que casi despertamos
y el último verso de este poema.