Concreto, sin más, nuestra existencia
-que tal vez es la tuya, que es la mía-
y, enhebrando retales de alegría,
yo expurgo -yo administro- la paciencia.

Hubo un tiempo en que el tiempo no contaba,
hubo un tiempo de mil goces infinitos,
de sudores que escoltaban a los gritos,
de un silencio que al estruendo confinaba.

Carecen de sentido más pesquisas:
fue tu cuerpo devoción inconsistente
o blasfemia invocada por las risas.

Por ello, sin llamarte, aún hoy te llamo:
sé que de amor me lleno dulcemente,
y en voz a borbotones me derramo.