Me invade la bendita certidumbre
de quererte como el monte a su albedrío,
¿dónde estás triste océano de lumbre,
soslayando el crujir de este desvío?

¿En un vals arrobado de amapolas,
en el beso que no busca ya besar,
dónde yace el horizonte de tus olas,
dónde viven tus deseos de soñar?

Las cosas que ahora sigues recordando
flotan sobre las aguas del olvido
y yo casi sin piel te sigo amando,
besándote sin besos el descuido.
Palpitan en tu voz desconsolada
mis ganas de aferrarme a lo prohibido.