Cuando ya se había ido con el viento
el último gemido,
¡qué fácil has venido
a mi voz, y en qué instante!
a evocar lo que se llevó otro amante
y así atarme a tu vientre.
No hay átomo en tu cuerpo que no encuentre
en mi pecho irredento
una cama entreabierta, una posada
que a falta de tu piel se queda en nada.