En el inequívoco espacio
donde José García Nieto sostiene un diálogo
con su sino: «sé que de amor me lleno dulcemente,
y en voz a borbotones me derramo»,
hemos puesto nuestra circunstancia
sobre la mesa y nada cambia el modo
hedónico de mirar las cosas que van quedando.
Abuela ya no está, y en la habitación admito que el silencio
cae también a borbotones, pero el amor
no es igual. Falta esa razón que justifique
lo más intrascendente, el día a día, el poema que alguna
vez dijiste, la ausencia, la cetrina soledad,
para cuando vuelvas a llenarte de amor
y no sea esta una casa vacía.