¿Por qué nuestras febriles manos
cuando estuvieron juntas esa noche fría
no se enteraron que nuestras pieles vibrantes ardían?…

¿Por qué recogimos las amarras del deseo
cuando la góndola de la entrega se adentraba
en el tempestuoso canal del arrebato?…

¿Por qué consentimos que el miedo
labrara surcos tan hondos y estériles?…

Mujer, sólo sé que de amor me lleno dulcemente,
y en voz a borbotones me derramo
como el agua que manó de la roca cuando Moisés golpeo.

¡Cuánto silencio…!
¡Cuánta pausa larga…!
¡Nuestras pieles dejaron de hablarse!