Alguna vez fuimos bálsamo para nuestros mutuos desvelos,
polvo sediento de humedad en un mismo instante ambicionado,
pero tú me buscabas con la certeza de que el fulgor de mis rayos
no consolaban los ardores de tu juventud hambrienta de hermosura.
A menudo te observo desde esta atalaya donde me colocó
el inexorable tiempo que viví sin ti,
me embeleso ante el horizonte que me reclama
ofreciéndome tu silencio arrepentido
y me dispongo a recoger el eco de aquella confesión
que nunca llegó a expatriarse fuera de tu boca:
«sé que de amor me lleno dulcemente,
y en voz a borbotones me derramo».