Sufrir
el trote marchito de arena y cristal,
las salvajes herraduras que agotan nuestros días.

Aferrarse
al eco fugaz de las amapolas,
a los ingenuos espejismos estancados en el sueño.

Lamentar
cuando separé dos orillas
volcadas en el camino albino,
cuando las cosas que ahora sigues recordando
flotan sobre las aguas del olvido.