Me aproximé a tus hombros

tras decirle adiós a la vida,

con estos caninos ávidos

de perforar tu piel lasciva.

Sentí en tus venas borboteantes rebelarse

ese grito ahogado,

en contra de mi pánico homicida.

“¡Qué fácil has venido

a mi voz, y en qué instante!”

Aúllo por ti, mujer, mientras dejo que sangres.

No permitiré que ruegues para poder despreciarte.

No te dejaré morir, para que puedas odiarme.

Te enamoras porque sabes que yo te elegí,

aunque ya es tarde.