Ea, madre. No te culpes. ¿Por qué lloras?
Las cosas que ahora sigues recordando
flotan sobre las aguas del olvido
mecidas con el hálito que exhalo,
céfiro obstinado que a su tiempo
amansará tu rabia, disipará tu dolor.
Treinta semanas juntos pesan más
que la gravidez que ahora te ocupa el alma.
No entregues tu aliento al cristal que nos separa;
guarda ese calor para mañana,
que quiero que me empañes la piel
cuando a hacerme uno contigo otra vez vaya,
cobijado, madre, en tu regazo.