Desorbitadamente quieta
está la noche entre los dos,
como la mar en calma,
como el filo de un adiós.
Desorbitadamente dulce,
como un beso en el andén,
como una carta sin remite,
como el fruto del Edén.
Desorbitadamente agria,
como el texto de una esquela,
como el sexo de alquiler,
como versos de un tal Cela.
Desorbitadamente quieta,
y sin embargo no cabe entre los dos.