América descifra sus tambores bajo mi piel;
el barro aprende la obstinación del bronce.
Una diosa sin templo me entrega su intemperie.
He venido a la orilla con los brazos tendidos
con la sal de mi tierra y mis ruinas a cuestas,
y ahora ya soy la hierba que no termina nunca…
ni el mármol domestica el pulso de mis raíces.
Siembro claridad donde la sombra echa raíces,
hago del miedo una lámpara sin dueño
y del amor, un umbral que no exige plegarias.
Si el mundo se quiebra, recojo sus fragmentos:
hasta en la piedra mi tierra vuelve a florecer.

  • : he_leido_y_estoy_conforme_con_la_política_de_privacidad_y_las_bases_de_este_concurso.