He venido a la orilla con los brazos tendidos
y ahora ya soy la hierba que no termina nunca…
La tierra me sostuvo, pero nunca aprendió a ser refugio.
Crecí midiendo la distancia entre una voz y el golpe,
con las manos ocupadas en proteger lo que aún no entendía.
Después vinieron los años: aprendí a abrir las ventanas,
a dejar que alguien se acercara sin preparar la huida.
Pero todavía hay gestos que mi cuerpo no reconoce:
la ternura, por ejemplo, cuando llega sin condiciones.
A veces pienso en todo lo que habría florecido
si alguien hubiera apartado los pies de mi primavera.

  • : he_leido_y_estoy_conforme_con_la_política_de_privacidad_y_las_bases_de_este_concurso.