No es grato el rubor de la línea verde
tras el regazo de los muertos.
Cruzar a la otra orilla sediento
mecerse tras el sueño de la continuidad
y la duda: no hacerse hueco en el amor.

¿Otro ojo es posible? ¿Un corazón sin recovecos?
Mecerse, reubicarse en la orilla, y el beso, arrodillado
sobre la planta uniforme y sagrada.
Otro ojo, y una lágrima brota en silencio
y una voz resuena
“He venido a la orilla con los brazos tendidos
y ahora ya soy la hierba que no termina nunca”.

  • : he_leido_y_estoy_conforme_con_la_política_de_privacidad_y_las_bases_de_este_concurso.